Cosas que sé de mi abuela Pepita, la mamá de mi papá:
Que era una mujer bastante seria. Que enviudó jóven, que se llamaba Josefa. Estaba casada con Pocho y en Balcarce tuvieron a Ricardo, el 12 de julio de 1943. Que su apellido era Puente, que tenía ojos chiquitos y que después de que naciera mi papá perdió tres embarazos.
No sé si tuvo hermanos o hermanas. Nunca pregunté.
Era ama de casa y le preparaba la merienda a mi papá y a sus amigos cuando volvian de jugar. Al salpicón de ave le decía Ropa Vieja y a veces le ponía papa caliente a la ensalada de lechuga. También sé que se enojó mucho cuando al hijo lo echaron del colegio Don Bosco por fumar - si, Erbetta es repitente- y que en invierno, cuando caía la helada, le freía un chorizo para el desayuno y le daba de tomar un trago de caña seca para que no sintiera el frío camino a la escuela.
viernes, 9 de abril de 2010
jueves, 18 de febrero de 2010
soñar soñar
Hablando por teléfono con mi abuela me cuenta que el otro día soñó con mi abuelo, a quien ella le dice "el abuelo" y que fue su marido durante 33 años, hasta que se murió de un momento para otro, una tarde de agosto de 1983. Me cuenta que lo soñó como volviendo de un viaje, que tenía puesta una camisa muy blanca y no le daba mucha pelota. "Me hablaba lo justo y necesario", se queja, como si estuviera un poquito enojada con él por ese destrato. En el sueño, ella le preguntaba si esa camisa era nueva y él le decía que la había comprado "allá donde estuve". Después se subían a un auto y se iban los dos juntos. Eso era todo.
A la mañana, cuando se despertó y después de tomar el té con leche del desayuno, se fue hasta la agencia de quiniela y le jugó al 48, pero no salió.
A la mañana, cuando se despertó y después de tomar el té con leche del desayuno, se fue hasta la agencia de quiniela y le jugó al 48, pero no salió.
martes, 9 de febrero de 2010
¡CANDOMBE!
Transpira. En la tardecita del sábado montevideano la vedette de la comparsa baila y transpira. Cuando sea el día señalado en el almanaque llevará su traje brillante y chirimbolero, pero para las prácticas tiene puesto un shortcito azul y una musculosa a rayitas verdes y blancas. Le brilla el cuerpo y las luces de la calle se reflejan en la piel húmeda. Se mueve sin descanso subida a unos tacos altos imposibles. Delante de ella, ocupando casi toda la extensión de la cuadra, hombres y mujeres bailan siguiendo el ritmo desatado del candombe. Avanzan dando pasos cortos, mueven las caderas y los hombros, suavecito. Detrás, los tambores. Y sobre la vereda, un público improvisado que acompaña el recorrido. Es el último sábado de enero, el carnaval más largo del mundo está muy cerca y la comparsa Las Cuerdas de Ejido ensaya de espaldas al Río de la Plata.
La práctica comienza a la tardecita. El cielo conserva todavía unos restos de luz. Está terminando enero y el Barrio Sur de Montevideo se va preparando para lo que será, el primer fin de semana de febrero, la celebración oficial de las Llamadas, el desfile de comparsas que reedita los tiempos en que los esclavos negros de la ciudad se reunían con el permiso reticente de los blancos a bailar al ritmo de los tambores cuando se escondía el sol y avanzaban por las calles de los barrios Sur y Palermo "llamando" a otros esclavos para que se sumaran. Aunque los tiempos obviamente cambiaron y hoy el Desfile de Llamadas es tanto una fiesta popular como una atracción turística, en las noches de ensayo se vuelve a dar algo de eso. Cuando la comparsa avanza por la calle Islas de las Flores, se puede ver como se van abriendo las puertas y ventanas de las casas y las siluetas que se asoman para verla pasar. Son muchos también los que la acompañamos desde la vereda en el kilómetro y medio de recorrido. Circulan el mate y la cerveza por igual y algunas mujeres se animan y se arriman para bailar. Detrás de la cuerda – así se llama a la formación de los 3 tambores con se que toca el candombe: el chico, el repique y el piano- que está formada por unos cincuenta hombres, dos gurisitos golpean sus pequeños tambores, practicando para lo que llegará en no tantos años.
Primero desfilan los estandartes y las banderas, que identifican a la comparsa y la diferencian del resto. Unos chicos y unas chicas las agitan con esfuerzo, cargando unos palos que son más altos que ellos. Atrás, las vedettes, que al ritmo de la percusión y pasito a pasito avanzan sin dejar de bailar. Más cerca de los tambores, el Gramillero, el hombre más viejo de la comparsa, desfila junto a su compañera, la Mama Vieja, que baila y agita un abanico blanco. Los dos dan unas zancadas con sus piernas ancianas que temblequean exageradamente. Se ríen, parece que disfrutan como locos ese momento. Cerrando la comparsa, la cuerda de tambores. Y el candombe, que retumba adentro del cuerpo.
Las manos van y vienen golpeando el parche que se tensó al calor de una fogata improvisada en una vereda antes de que comenzara el ensayo. Tocan sin parar, los que acompañamos perdemos la cuenta de las cuadras que caminamos, la mayoría sonríe entre fascinado y poseído. Se hace de noche, pasa una hora y siguen tocando, el Barrio Sur se convierte en Palermo y las vedettes – una tardía incorporación de influencia francesa- esquivan las irregularidades del pavimento sin dejar de bailar. Un vecino se acerca cuidadoso y les ofrece agua. Una de ellas, con el pelo tirante recogido en un rodete y la piel oscura que contrasta con unas bermudas blancas, acepta y agradece con una caída de ojos. Todas sonríen para las cámaras de los turistas, esos ojos enormes y desplegables que hacen zoom sobre ellas para llevarse algo de la fiesta.
Si en un comienzo el candombe y las Llamadas eran patrimonio exclusivo de los esclavos negros traídos desde África, hoy son parte de la cultura y la identidad uruguayas. Las comparsas reúnen a negros y blancos, que el día de desfile llevan sus caras pintadas de negro y a los que se llama lubolos. En este sentido, el 3 de diciembre fue declarado en Uruguay el Día Nacional del Candombe, la Cultura Afro Uruguaya y la Equidad Racial, una forma de reconocimiento a los aportes que la comunidad afro hizo a la cultura uruguaya y un rechazo a cualquier tipo de racismo. Sin embargo, no deja de llamar la atención al ojo extranjero que en Barrio Sur y Palermo la cantidad de afro descendientes duplique o triplique a la cantidad que se puede ver en cualquier otra parte de la ciudad.
El ensayo termina bien adentro del barrio de Palermo. La comparsa se detiene cuando se encuentra en el camino con otra que se prepara para tocar. Antes de terminar, la saluda dándole al tambor como si se acabara el mundo. Al silencio le sigue un aplauso eufórico y prolongado, pura gratitud. La cuerda tarda un segundo en desarmarse, el público se dispersa rápidamente, como si de pronto se hubiera terminado un hechizo. Algo de eso hay.
viernes, 20 de noviembre de 2009
Leo, el de los perros
No me quiso decir su apellido ni su edad. Cada vez que lo vi, tuvo puesta una gorra azul con vicera llena de tierra, una camisa manga corta clarita y pantalones negros casi grises de sucios. Es que en esa parte de la plaza donde él hace correr a los perros que tiene a cargo como paseador, vuela mucha tierra. Hay poco pasto, unos manchones amarillentos y secos, y el resto es tierra que se pega a todo.
Antes era joyero.Un día lo asaltaron y aunque el ladrón le erró al tiro, él se asustó mucho y cerró todo. Tenía un localcito chiquito y un taller de orfebrería. Después empezó con los perros. Primero sacó a pasear el de una vecina, y después le dieron otro, y así hasta que se fue armando una clientela. Ahora tiene 15 perros fijos y 4 que son de él. El más chiquito, un cuzquito de pelo duro y marrón, se llama Satelite.
Hace 15 años que va a la plaza San Martín de lunes a viernes. A la jaula gigante que está hecha exclusivamente para los perros. De las rejas verdes los paseadores cuelgan las correas y las mochilas y se sientan a charlar mientras pasa la mañana. Leo se lleva un banquito de aluminio en un bolso. Y un bidón de agua de 5 litros. Una vez le pidió al gobierno de la ciudad que le pusieran una canilla y un banquito de material, pero no hubo caso.
Antes tenía una socia, Maritche, que se murió hace dos años, a los 47. Él la conocía desde la adolescencia. Primero había sido novia suya, después de un amigo. Y después la perdió de vista por 20 años. Un día se la encontró de casualidad y le contó que estaba con los perros y ella se entusiasmó y le pidió trabajar con él. Como estaba sola en Buenos Aires, él la invitó a que se mudara a la casa de microcentro donde vivía. De cuatro piezas, una era para él, otra para ella y las otras dos para los perros. Fueron socios durante 10 años.
Ahora está buscando una mujer para que lo ayude. Tiene viviendo con él a una chica con dos nenes. Dice que le dió lástima. Igual se queja de que es un desastre, que no sabe hacer nada.
De lunes a viernes llega a las ocho de la mañana a la plaza. Suelta a los perros, se sienta. Cada tanto elige a alguno y lo lleva a dar una vuelta por la plaza, mientras otros paseadores le miran al resto. Alrededor del mediodía se los puede encontrar a todos charlando adentro de la jaula. Es un grupito de 5 paseadores que todos los días, excepto cuando llueve, van a esa parte de la plaza. Leo es el mayor de todos. Algo así como el rey de la jaula, el señor de lo perros.
Antes era joyero.Un día lo asaltaron y aunque el ladrón le erró al tiro, él se asustó mucho y cerró todo. Tenía un localcito chiquito y un taller de orfebrería. Después empezó con los perros. Primero sacó a pasear el de una vecina, y después le dieron otro, y así hasta que se fue armando una clientela. Ahora tiene 15 perros fijos y 4 que son de él. El más chiquito, un cuzquito de pelo duro y marrón, se llama Satelite.
Hace 15 años que va a la plaza San Martín de lunes a viernes. A la jaula gigante que está hecha exclusivamente para los perros. De las rejas verdes los paseadores cuelgan las correas y las mochilas y se sientan a charlar mientras pasa la mañana. Leo se lleva un banquito de aluminio en un bolso. Y un bidón de agua de 5 litros. Una vez le pidió al gobierno de la ciudad que le pusieran una canilla y un banquito de material, pero no hubo caso.
Antes tenía una socia, Maritche, que se murió hace dos años, a los 47. Él la conocía desde la adolescencia. Primero había sido novia suya, después de un amigo. Y después la perdió de vista por 20 años. Un día se la encontró de casualidad y le contó que estaba con los perros y ella se entusiasmó y le pidió trabajar con él. Como estaba sola en Buenos Aires, él la invitó a que se mudara a la casa de microcentro donde vivía. De cuatro piezas, una era para él, otra para ella y las otras dos para los perros. Fueron socios durante 10 años.
Ahora está buscando una mujer para que lo ayude. Tiene viviendo con él a una chica con dos nenes. Dice que le dió lástima. Igual se queja de que es un desastre, que no sabe hacer nada.
De lunes a viernes llega a las ocho de la mañana a la plaza. Suelta a los perros, se sienta. Cada tanto elige a alguno y lo lleva a dar una vuelta por la plaza, mientras otros paseadores le miran al resto. Alrededor del mediodía se los puede encontrar a todos charlando adentro de la jaula. Es un grupito de 5 paseadores que todos los días, excepto cuando llueve, van a esa parte de la plaza. Leo es el mayor de todos. Algo así como el rey de la jaula, el señor de lo perros.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Feliz cumple

Mi mamá.
Me encanta ese pelo rubio y ese sol y me imagino que esa tarde debe haber sido divina, a la sombra, a la hora de la siesta.
Los chicos son mis primos. Mi hermana y yo estabamos en sus planes, pero todavía faltaba bastante para nosotras.
Siempre me deslumbró lo linda que era mi mamá. Sigue siéndolo, pero me matan los distintos looks que tuvo en sus veinte: pelo castaño carré, este rubio farrah fawcett, pelucas, batidos, postizos.
De todas maneras las fotos que más me gustan son esas en las que, como en ésta, aparece rubia y rulosa.
Feliz cumple, ma. El sábado te lleno de besos.
martes, 3 de noviembre de 2009
jueves, 15 de octubre de 2009
Ingeniero White: una crónica
Con un siglo de distancia, la escena se repite: una nena entra al almacén con la lista de los mandados y pide lo que lee. El almacenero la mira desde el mostrador, elige cada producto atentamente, recuerda qué marcas suele llevar la mamá. Lo anota. Hoy, en un cuaderno de espirales. Cien años atrás, en una libreta con tapas negras de hule. Lo que cambió es el telón de fondo. Ingeniero White – ubicado a 7 kilómetros de Bahía Blanca – supo ser un pueblo de trabajo. Hoy es casi una postal de posguerra. Por ahí pasó la historia y arrasó.
El destino de los whitenses estuvo desde siempre atado al puerto y al ferrocarril. Las privatizaciones impulsadas por el ex presidente Carlos Menem en 1991 y la implementación del modelo neoliberal sepultaron definitivamente usos y costumbres que desde la fundación del pueblo, en 1885, habían ido tomando forma en torno a la actividad ferroportuaria. En los `90, la producción se escindió de la vida de todos los días y hoy a White lo rodean, como un animal amenazante, un polo industrial que concentra el 45 por ciento de la producción petroquímica del país y un puerto desde el que, en 2008, por dar un ejemplo, la multinacional Cargill exportó casi dos millones de toneladas de cereal.
El bicentenario encontrará a Ingeniero White muy cambiado desde aquella prosperidad de 1910, cuando se festejaban los cien años de la Revolución de Mayo. Hoy la actividad comercial agoniza y un recorrido permite ver que la mayor parte de los locales están cerrados y ofrecidos en alquiler. Cien años atrás, en cambio, todo el personal ferroviario se abastecía en lo que era un centro comercial muy activo. Desde los peones hasta el mismo superintendente de locomotoras llenaban ahí sus alacenas. Los jefes, incluso, tenían sus propias proveedurías, a las que se hacían traer esos lujos sin los cuales no podían vivir: lozas, cigarros. El resto de los trabajadores compraba en los almacenes de ramos generales, que vendían desde harina y manteca suelta hasta alpargatas y kerosén para los calentadores Primus.
Juana Dodero nació en White en 1932 y recuerda que el dueño de uno de los almacenes más grandes del pueblo le iba anotando a su papá, en la libreta de hule, junto con la cascarilla de cacao o la yerba, las cuotas de un terreno que le había vendido. Si su papá, que era peluquero, le cortaba la barba, después el almacenero se lo descontaba del terreno.
El destino de los whitenses estuvo desde siempre atado al puerto y al ferrocarril. Las privatizaciones impulsadas por el ex presidente Carlos Menem en 1991 y la implementación del modelo neoliberal sepultaron definitivamente usos y costumbres que desde la fundación del pueblo, en 1885, habían ido tomando forma en torno a la actividad ferroportuaria. En los `90, la producción se escindió de la vida de todos los días y hoy a White lo rodean, como un animal amenazante, un polo industrial que concentra el 45 por ciento de la producción petroquímica del país y un puerto desde el que, en 2008, por dar un ejemplo, la multinacional Cargill exportó casi dos millones de toneladas de cereal.
El bicentenario encontrará a Ingeniero White muy cambiado desde aquella prosperidad de 1910, cuando se festejaban los cien años de la Revolución de Mayo. Hoy la actividad comercial agoniza y un recorrido permite ver que la mayor parte de los locales están cerrados y ofrecidos en alquiler. Cien años atrás, en cambio, todo el personal ferroviario se abastecía en lo que era un centro comercial muy activo. Desde los peones hasta el mismo superintendente de locomotoras llenaban ahí sus alacenas. Los jefes, incluso, tenían sus propias proveedurías, a las que se hacían traer esos lujos sin los cuales no podían vivir: lozas, cigarros. El resto de los trabajadores compraba en los almacenes de ramos generales, que vendían desde harina y manteca suelta hasta alpargatas y kerosén para los calentadores Primus.
Juana Dodero nació en White en 1932 y recuerda que el dueño de uno de los almacenes más grandes del pueblo le iba anotando a su papá, en la libreta de hule, junto con la cascarilla de cacao o la yerba, las cuotas de un terreno que le había vendido. Si su papá, que era peluquero, le cortaba la barba, después el almacenero se lo descontaba del terreno.
Al vecino Florentino Diez le gusta destacar que cuando él era chico, en la década del `40, no era necesario viajar desde White a Bahía Blanca para abastecerse. En el pueblo se podía encontrar cualquier cosa que se necesitara. Los almacenes, detalla Diez, tenían doble puerta, una para la venta general y otra para el despacho de bebidas, donde al final del día se juntaban pescadores, marineros y trabajadores del puerto y el ferrocarril. Muchas cosas, como escobillones, ollas o plumeros debían colgarse del techo para aprovechar mejor el espacio. El pan, la harina, el arroz y los garbanzos se guardaban en cajoneras y algunos almacenes hasta vendían sábanas y pastillas para teñir vestidos. Otros la hubieran tenido difícil a la hora de una visita bromatológica: muy cerca del patio donde se horneaba el pan estaban las caballerizas, donde se preparaban los carros para el reparto a domicilio.
“Yo no sé por qué se pasó del papel al plástico”, se pregunta el whitense Hilario Brizzi a sus 80 años. “Antes te envolvían todo en papel de estraza, que era mucho mejor”, dispara. El contexto pone de relieve su queja y la convierte en una ironía feroz: en el polo industrial que rodea a Ingeniero White desde principios de los `70, la multinacional PBB Polisur fabrica el plástico que se usa para las mismas bolsas que él desprecia.
“La verdura se la compro a los bolivianos, que tienen buena mercadería y más barata. Los artículos de higiene y el resto de las cosas las compro en el supermercado o en el almacén del barrio”, detalla Leonor Brizzi, la de los ojazos azules. Si sus hijos van a Bahía Blanca en el auto, ella los acompaña y compra en WalMart, que es más barato, confiesa con un poco de vergüenza.
Dodero no duda a la hora de pensar una fecha de quiebre en la historia de los almacenes whitenses: “En 1955 se armó el despelote y los ramos generales empezaron a desaparecer”. Brizzi, en cambio, no va tan atrás y está convencido de que “fueron las privatizaciones las que aplastaron a White, ahí todos los negocios empezaron a cerrar”. En el medio, en 1971, llegó el polo petroquímico y cambió definitivamente el horizonte del pueblo. Lo llenó de chimeneas y vapores. Lo separó definitivamente de la costa y de la posibilidad de un balneario.
En un sábado cualquiera de este 2009, por las calles de Ingeniero White no se ve a casi nadie, solamente unos pocos chicos jugando en la vereda. Se destacan las persianas bajas de los cabarets y la silueta de los silos sobresaliendo por detrás de una cancha de fútbol. Un supermercado abierto y otro cerrado. No hay un alma en la calle. Quizás es por el viento helado que llega desde el mar. Quizás no.
“Yo no sé por qué se pasó del papel al plástico”, se pregunta el whitense Hilario Brizzi a sus 80 años. “Antes te envolvían todo en papel de estraza, que era mucho mejor”, dispara. El contexto pone de relieve su queja y la convierte en una ironía feroz: en el polo industrial que rodea a Ingeniero White desde principios de los `70, la multinacional PBB Polisur fabrica el plástico que se usa para las mismas bolsas que él desprecia.
“La verdura se la compro a los bolivianos, que tienen buena mercadería y más barata. Los artículos de higiene y el resto de las cosas las compro en el supermercado o en el almacén del barrio”, detalla Leonor Brizzi, la de los ojazos azules. Si sus hijos van a Bahía Blanca en el auto, ella los acompaña y compra en WalMart, que es más barato, confiesa con un poco de vergüenza.
Dodero no duda a la hora de pensar una fecha de quiebre en la historia de los almacenes whitenses: “En 1955 se armó el despelote y los ramos generales empezaron a desaparecer”. Brizzi, en cambio, no va tan atrás y está convencido de que “fueron las privatizaciones las que aplastaron a White, ahí todos los negocios empezaron a cerrar”. En el medio, en 1971, llegó el polo petroquímico y cambió definitivamente el horizonte del pueblo. Lo llenó de chimeneas y vapores. Lo separó definitivamente de la costa y de la posibilidad de un balneario.
En un sábado cualquiera de este 2009, por las calles de Ingeniero White no se ve a casi nadie, solamente unos pocos chicos jugando en la vereda. Se destacan las persianas bajas de los cabarets y la silueta de los silos sobresaliendo por detrás de una cancha de fútbol. Un supermercado abierto y otro cerrado. No hay un alma en la calle. Quizás es por el viento helado que llega desde el mar. Quizás no.
(Este texto lo escribí para un concurso de tea, no gané, pero me encantó escribirlo y todo lo que tuve que hacer para armarlo: viajar a White, escribir muchos mails, comer cosas ricas en el museo del puerto, contactarme con gente como Ana Miravalles, Leandro Beier o Sergio Raimondi, sacar fotos, hacer entrevistas con vecinos de White, discutir con mi papá por una frase o un título. En el medio también los volví locos a Marina y a Mariano.)
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