jueves, 18 de febrero de 2010

soñar soñar

Hablando por teléfono con mi abuela me cuenta que el otro día soñó con mi abuelo, a quien ella le dice "el abuelo" y que fue su marido durante 33 años, hasta que se murió de un momento para otro, una tarde de agosto de 1983. Me cuenta que lo soñó como volviendo de un viaje, que tenía puesta una camisa muy blanca y no le daba mucha pelota. "Me hablaba lo justo y necesario", se queja, como si estuviera un poquito enojada con él por ese destrato. En el sueño, ella le preguntaba si esa camisa era nueva y él le decía que la había comprado "allá donde estuve". Después se subían a un auto y se iban los dos juntos. Eso era todo.
A la mañana, cuando se despertó y después de tomar el té con leche del desayuno, se fue hasta la agencia de quiniela y le jugó al 48, pero no salió.

martes, 9 de febrero de 2010

¡CANDOMBE!


Transpira. En la tardecita del sábado montevideano la vedette de la comparsa baila y transpira. Cuando sea el día señalado en el almanaque llevará su traje brillante y chirimbolero, pero para las prácticas tiene puesto un shortcito azul y una musculosa a rayitas verdes y blancas. Le brilla el cuerpo y las luces de la calle se reflejan en la piel húmeda. Se mueve sin descanso subida a unos tacos altos imposibles. Delante de ella, ocupando casi toda la extensión de la cuadra, hombres y mujeres bailan siguiendo el ritmo desatado del candombe. Avanzan dando pasos cortos, mueven las caderas y los hombros, suavecito. Detrás, los tambores. Y sobre la vereda, un público improvisado que acompaña el recorrido. Es el último sábado de enero, el carnaval más largo del mundo está muy cerca y la comparsa Las Cuerdas de Ejido ensaya de espaldas al Río de la Plata.
La práctica comienza a la tardecita. El cielo conserva todavía unos restos de luz. Está terminando enero y el Barrio Sur de Montevideo se va preparando para lo que será, el primer fin de semana de febrero, la celebración oficial de las Llamadas, el desfile de comparsas que reedita los tiempos en que los esclavos negros de la ciudad se reunían con el permiso reticente de los blancos a bailar al ritmo de los tambores cuando se escondía el sol y avanzaban por las calles de los barrios Sur y Palermo "llamando" a otros esclavos para que se sumaran. Aunque los tiempos obviamente cambiaron y hoy el Desfile de Llamadas es tanto una fiesta popular como una atracción turística, en las noches de ensayo se vuelve a dar algo de eso. Cuando la comparsa avanza por la calle Islas de las Flores, se puede ver como se van abriendo las puertas y ventanas de las casas y las siluetas que se asoman para verla pasar. Son muchos también los que la acompañamos desde la vereda en el kilómetro y medio de recorrido. Circulan el mate y la cerveza por igual y algunas mujeres se animan y se arriman para bailar. Detrás de la cuerda – así se llama a la formación de los 3 tambores con se que toca el candombe: el chico, el repique y el piano- que está formada por unos cincuenta hombres, dos gurisitos golpean sus pequeños tambores, practicando para lo que llegará en no tantos años.
Primero desfilan los estandartes y las banderas, que identifican a la comparsa y la diferencian del resto. Unos chicos y unas chicas las agitan con esfuerzo, cargando unos palos que son más altos que ellos. Atrás, las vedettes, que al ritmo de la percusión y pasito a pasito avanzan sin dejar de bailar. Más cerca de los tambores, el Gramillero, el hombre más viejo de la comparsa, desfila junto a su compañera, la Mama Vieja, que baila y agita un abanico blanco. Los dos dan unas zancadas con sus piernas ancianas que temblequean exageradamente. Se ríen, parece que disfrutan como locos ese momento. Cerrando la comparsa, la cuerda de tambores. Y el candombe, que retumba adentro del cuerpo.




Las manos van y vienen golpeando el parche que se tensó al calor de una fogata improvisada en una vereda antes de que comenzara el ensayo. Tocan sin parar, los que acompañamos perdemos la cuenta de las cuadras que caminamos, la mayoría sonríe entre fascinado y poseído. Se hace de noche, pasa una hora y siguen tocando, el Barrio Sur se convierte en Palermo y las vedettes – una tardía incorporación de influencia francesa- esquivan las irregularidades del pavimento sin dejar de bailar. Un vecino se acerca cuidadoso y les ofrece agua. Una de ellas, con el pelo tirante recogido en un rodete y la piel oscura que contrasta con unas bermudas blancas, acepta y agradece con una caída de ojos. Todas sonríen para las cámaras de los turistas, esos ojos enormes y desplegables que hacen zoom sobre ellas para llevarse algo de la fiesta.
Si en un comienzo el candombe y las Llamadas eran patrimonio exclusivo de los esclavos negros traídos desde África, hoy son parte de la cultura y la identidad uruguayas. Las comparsas reúnen a negros y blancos, que el día de desfile llevan sus caras pintadas de negro y a los que se llama lubolos. En este sentido, el 3 de diciembre fue declarado en Uruguay el Día Nacional del Candombe, la Cultura Afro Uruguaya y la Equidad Racial, una forma de reconocimiento a los aportes que la comunidad afro hizo a la cultura uruguaya y un rechazo a cualquier tipo de racismo. Sin embargo, no deja de llamar la atención al ojo extranjero que en Barrio Sur y Palermo la cantidad de afro descendientes duplique o triplique a la cantidad que se puede ver en cualquier otra parte de la ciudad.
El ensayo termina bien adentro del barrio de Palermo. La comparsa se detiene cuando se encuentra en el camino con otra que se prepara para tocar. Antes de terminar, la saluda dándole al tambor como si se acabara el mundo. Al silencio le sigue un aplauso eufórico y prolongado, pura gratitud. La cuerda tarda un segundo en desarmarse, el público se dispersa rápidamente, como si de pronto se hubiera terminado un hechizo. Algo de eso hay.